a las once de la noche
A las once de la noche, después de cenar, un fenómeno paranormal en la calle. Lo que a simple vista parecía un perro durmiendo en medio de la calle, no era un colchón enrollado ni un pedazo de tela que reposaba larvariamente en el asfalto. Era una cosa que estaba y ya no, pero que seguía estando. Es como si fuese exactamente lo que es, pero lo que es en si, no es en si lo que vimos. No tiene una especificidad. Pero es específicamente lo que es. La gente se acerca y pronto la policía hace un cordón con vallas alrededor de esa cosa. Llega la ambulancia. No hay dudas de lo que vimos.
Se abre la cama
Se abre la cama y de entre estos muchos acolchados aparece un pequeño mamífero de cuatro patas de pelaje espeso y suave, que hasta hace poco estaba en la otra habitación. Blanca la espalda, también son blancas las patas y las orejas.
Lenta, con un solo movimiento, se sube a la mesa, donde se despereza en silencio, quieta, manipulando los engranajes del instante, calibrándolos, para hacerlo estallar.
Lenta, con un solo movimiento, se sube a la mesa, donde se despereza en silencio, quieta, manipulando los engranajes del instante, calibrándolos, para hacerlo estallar.
Me detengo en la escalera. Es una noche ligera y la luna se refleja en el vidrio de la puerta.
Abajo en el patio, mi vecina, infla un globo amarillo, lo desinfla. Lo vuelve a inflar, lo desinfla de inmediato. Descansa sesenta segundos, e infla de nuevo el globo. Cuando el globo está lleno de aire lo desinfla de apoco, dejando salir el aire en pequeñas tandas controladas. Cuando se desinfla del todo, lo vuelve a inflar, hasta que queda lleno de aire. Lo deja reposando en su mano, lo observa detalladamente y lo vuelve a desinflar con vehemencia. Entonces infla el globo y lo desinfla.
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