La mitomanía cambió mi vida

Era uno de esos días en que la señora Norma Pons
se sentía bien.Había peinado al gato
y recibido
dos o tres llamadas telefónicas interesantes.
Algunas polillas chocaban en los vidrios.

Se dio una ducha rápida y
entonces salió al balcón para buscar la toalla
y detrás de ella, por una ráfaga, el ventanal se cerró.
Quedó desnuda, sintiendo las voces del tránsito y tal.
Es una desgracia, se dijo;
pero así también podría ser estar casada con Mario baracus:
una cama vacía, una puerta cerrada
y un negro que ya no te ama en el baño.







Norma Pons



Saltó desde mi televisor a la cama
desnuda está entre las sabanas
bajo la mirada vigilante de mi padre.

Norma Pons
huele peor que a pies
huele al hongo de pie más gordo
deportivo y asqueroso
que se pueda encontrar
en una bolsa entera llena de pies.

Norma Pons
Salta
a mi hombro
me habla de un hombre
que todos los días exactamente a la misma hora
se detiene frente a una vidriera
para admirar un maniquí,
una mujer de fibra de vidrio de la que se enamora,
el hombre termina encerrado en un hospital psiquiátrico,
y no entiendo.

Mañana lloverá todo el día,
dicen en la televisión,
Pero ya estoy mintiendo
demasiado.